sábado, 28 de agosto de 2010

Las segundas oportunidades existen.


La voz de Yukio todavía resonaba en su cabeza pese a que este permanecía en un profundo sueño. Nobuo, un joven de unos diecinueve años de cabellos cobrizos, había perdido su mirada en la ahora placida expresión del rostro de su amigo. Las lagrimas ya se habían secado en los bordes de sus ojos turquesas, pero no porque no quisiera seguir llorando, sino porque ya se habían acabado casi por completo. La única alegría que podía sentir en ese momento era poder seguir oyendo el sonido del monitor mostrando cada normalizado latido del corazón de Yukio. Pero ese constante “pi” era camuflado por el aun vivo recuerdo del accidente, accidente del que todavía se culpaba una y otra vez. Vio como por el blanco rostro de su compañero corría apresurada una pequeña gotita de agua, Nobuo dio un pequeño respingo, casi como una diminuta señal de que iba a despertar. Acarició aquella suave piel para retirar la lagrima. Entró una de la enfermeras rompiéndole esa esperanza diciendo que Yukio no lloraba, que eso solo era una acumulación de líquidos en sus ojos. Y recomendándole que diera una vuelta, que saliera a tomar el aire… ya llevaba ahí encerrado más de dos horas. Ya había llegado el padre de Yukio, la verdad no le apetecía verle.

“-¡Tú, tú y tú! ¡Solo piensas en ti mismo!- exclamaba Yukio con sus ojos verde oliva llenos de rabia en los recuerdos de Nobuo.
-¿Yo? -contestó él con tono indignado sin despegar los ojos de la carretera. -Aquí solo hay un egoísta y ese no soy yo…
-¡Sí lo eres! ¡Ya sé que soy una molestia para todos pero tu eres un egoísta! ¡Si te incordio tanto, si me odias habérmelo dicho! -gritó Yukio enfurruñándose.
-¡¿Saber que es lo que me incordia?! ¡¿Sabes lo que odio?! -dijo Nobuo realmente enfadado mirando duramente a los de Yukio. -¡Odio esa pu..!

No pudo acabar la frase cuando un fuerte estruendo y sonidos de bocinas de otros coches les llevó a otro sitio. Fue todo tan rápido que no se percataron del choque, cuando quisieron darse cuenta ya estaban bocabajo dentro del coche destrozado. Nobuo sentía como corría la sangre por su frente y resto de su cara. Le dolía, le dolía tanto que no se había percatado de los desesperados gritos de Yukio. Cuando consiguió reaccionar ante la situación, lo primero que hizo fue desviar su borrosa mirada al asiento del copiloto. Vio al castaño intentando por todos los medios posibles salir de allí mientras gritaba frases y onomatopeyas inconexas.

-¡Yukio!- alcanzó a exclamar por fin en la realidad.

Nuevos sonidos llegaron al lugar esta vez eran sirenas de ambulancias y del coche de bomberos. Sintió como alguien tiraba de él con delicadeza pero firmemente sacándole del vehiculo.

-¡Yukio! -volvió a gritar al sentir como se alejaba de su amigo casi resistiéndose a ser salvado. -¡Yukio! ¡Yuki!
-¡Nobuo! ¡Ayúdame, por favor! ¡Me duele! ¡Me duele mucho la pierna! -lloraba el castaño con sus ojos verdes llenos de lagrimas y estirando el brazo para alcanzar a Nobuo.
-¡Yukio! -chilló en el mismo instante en el que le sacaban y le llevaban a una ambulancia mientras insistía con sus exclamaciones…”

Ya no le dolía tanto la cabeza… se la habían vendado tras darle algunos puntos en la brecha que se hizo. Pero parecía darle igual, en lo único que podía pensar en ese momento era en Yukio. Sin poder evitar volver a echarse a llorar al recordarle. Estaba fuera del cuarto donde dormía su amigo, apoyado en la puerta como si pretendiera evitar que nadie entrara o saliese, como si inconcientemente intentara protegerle. ¿De qué? El daño ya estaba echo… ya daba igual… el accidente ya había pasado… y todos sabemos que es imposible rebobinar el tiempo como se hace con la cinta de un radiocasete. Dicen que siempre hay una segunda oportunidad… ¡mentira!
***

Todo estaba oscuro, todo era silencio. Yukio parecía recuperar poco a poco la conciencia de sí mismo, ya podía pensar, pero aun así seguía sin ver ni escuchar nada solo sentía una extraña sensación de que algo no estaba bien. Miles de preguntas empezaron a rondar su todavía anestésicamente adormilado cerebro… ¿Qué a pasado? ¿Cómo a sido? ¿Dónde estoy? ¿Cuánto tiempo llevo así?… Y la más importante: ¿sigo vivo? Ya no sentía dolor, talvez ese era el primer síntoma de que iba a dejar el mundo de los vivos. ¿Y si ya lo había dejado? ¿Y si esa oscuridad y ese silencio es lo que hay después de la muerte? Derepente un terrible miedo se apoderó de su mente, él no quería morir… no todavía… No quería estar allí perdido todo lo que quedaba de eternidad.

“¡Despierta Yukio!” se dijo a si mismo intentando abrir los ojos. “¡Despiértate! ¡Despiértate!”

Finalmente sus ojos se abrieron rápidamente encontrándose con la molestas luces de colores que lentamente tomaron forma de objetos. Parecieron pasar un par de lentos segundos hasta que los sonidos regresaron a sus orejas. Quedando inmóvil con los ojos clavados en el techo ante su vuelta al mundo real. Estaba vivo… pero solo. Miró a un lado y a otro moviendo la cabeza en forma de negación, efectivamente su única compañía era el monitor que marcaba sus constantes, la bolsa que le administraba sangre y una silla de ruedas aparcada en una esquina. Volvió a mirar hacia arriba. Algo no iba como debería… Cerro los ojos y respiró lentamente relajando cada centímetro de su cuerpo… Algo estaba mal… Algo faltaba… Eso era, algo no estaba donde tenía que estar…

-¡Mi pierna! -exclamó incorporándose y quitándose la sabana de encima tan nervioso que sentía temblar el mundo entero para finalmente quedar hipnotizado por lo que vio, o mejor dicho por lo que no vio.

Su corazón latía cada vez más fuerte evitando que pudiese escuchar nada más, sus pulmones parecían querer pararse si él no los obligaba a seguir en funciona miento, sus pupilas se contraían, su labio inferior temblaba y su garganta quería gritar pero las palabras se atascaban una tras otra. No podía ser, simplemente se prohibió creer que aquello pudiera ser verdad, prefería pensar que seguía soñando pese a que en ese momento estaba más despierto que nunca. Su pierna izquierda… no estaba… no estaba… ¡no estaba! A partir de la rodilla allí no había absolutamente nada.

-¡Mi pierna! -volvió a chillar finalmente cuando se descongestionaron sus cuerdas vocales.

Nobuo escuchó aquel horrible y espeluznante grito por parte de Yukio que le hizo le moverse rápidamente, a él y alguno de los doctores que corrieron a ver que era lo que ocurría. Yukio estaba caído en el suelo junto al dispensador de sangre golpeando e insultando ferozmente la silla de ruedas como si ella tuviese la responsabilidad de su pierna.

-Yukio. -dijo el pelirrojo intentando levantar al recién despertado.
-¡No me toques! -ordenó nerviosamente el herido sacudiéndose de encima a Nobuo pero sin mirarle a la cara.
-Yukio… -murmuró desviando la mirada que volvía a humedecerse.
-Todo es por tu culpa… -respondió el aludido con un deje de amargura en su voz. -Aléjate de mi…

Nobuo hizo lo que aquella triste y agridulce voz le dijo mientras dos de los médicos le volvían a sentar en la cama. Nobuo no escuchaban ya lo que decían, era como si esos últimos susurros de Yukio le hubiesen dejado sordo. “Todo es por tu culpa…” “Aléjate de mi…” Solo le hubiese faltado rematar con un “Te odio…” Luego (él todavía abstraído del mundo) entró el padre del castaño casi en una carrera a ver a su hijo. Nobuo simplemente se giró y volvió a salir de la habitación, lentamente, como si quisiera que nadie se diera cuenta.

“Te odio…” imaginó de nuevo que le decía mientra se deslizaba por la pared hasta quedarse sentado en el frío suelo del pasillo. Escondió la cara en sus rodillas sin poder controlar las ganas de llorar que retornaban a sus ojos. Y ahí estuvo, no se podría calcular cuanto fue exactamente el tiempo que duró su silencioso llanto… solo sabía que para él fue una eternidad.

Después de eso él iba a visitarle todos los días y todos los días solo conseguía insultos y reproches por parte de Yukio y de su padre. A los que él repondia con un: “¡Está vivo! ¡Podría ser peor!” intentando ganarse su perdón. No se atrevió a volver… No quería verle… No quería oírle… Ya no le quería… ¿O sí? Todo le recordaba a él, cuando paseaba por cualquier sitio, viera a cualquier persona, Yukio le seguía como si fuera su sombra. Pasaban los días y los recuerdos del accidente no parecían dar señales de dejar aquel acoso y derribo contra él.

Unas semanas después… talvez algunos días más encontró a uno de los antiguos amigos de Yukio, ni siquiera le saludó al pasar por su lado… otro vio al padre del que era su compañero, este por lo menos le echó una mirada heladora… Todos le odiaban, no solo Yukio, todo el mundo parecía guardarle un rencor, él mismo empezaba a odiarse. Pero una de esos días, de una de esas tardes no encontró a un amigo, no encontró al padre, encontró a Yukio. Miraba triste y melancólicamente por un mirador mientras los anaranjados reflejos del sol del atardecer le teñían de esos mismos tonos dorados, sentado en la misma silla que quería destrozar. Se acercó silenciosamente hasta ponerse casi detrás suyo.

-Nobuo… Perdóname por favor… -musitó tímidamente como si no quisiera ser oído pero lo suficientemente alto como para que lo hiciera. -Fui muy cruel contigo…

Nobuo no contestó, una contradicción aparecía en su mente, una parte de él no podía perdonarle tan fácilmente pero la otra deseaba hacerlo.

-Si no lo haces lo entenderé… -siguió cuando una pequeña lagrima rodaba por su pálida carita. -Pero solo quería que supieras que no es culpa tuya… si yo no hubiese insistido en ir contigo sin pedir permiso… si no te hubiese gritado… Perdóname…

El pelirrojo acarició la mano de su amigo suavemente, solo escuchándole, dándole una segunda oportunidad para explicarse…

-Perdóname por haberte dicho todas esas cosas tan horribles, no quiero que te vallas de nuevo… -Yukio empezó a apretar fuertemente los ojos como si así fuera a evitar echarse a llorar. -Me he quedado muy solo… el otro día vinieron aquellos a los que consideraba amigos a decirme que ellos no podía ayudarme… que les agobiaba tenerme allí y les coartaba la libertad… Justo cuando les necesitaba más… Estoy siendo tan patético… Pensaras que soy lo peor, primero te trato como un estorbo y ahora que estoy solo me arrastro para pedirte perdón… Me da asco hasta a mi mismo. Pero no podía seguir sin decirte lo mucho que me arrepiento de haberte echado así de mi vida… A ti que fuiste el único que se preocupó por mí y a la que peor he tratado, al único que no dio asco verme sin pierna… Perdóname… te lo suplico… no vuelvas a ser mi amigo si no quieres, ódiame, pero por favor perdóname.

-Yukio… -susurró Nobuo poniéndose enfrente de la silla secándole de nuevo las lagrimas con el reverso de la mano -Yo ya te he perdonado… desde el momento que volviste a llamarme por mi nombre… Gracias por hacerlo tú. Nunca podría odiarte, ni nunca me parecerás patético. Yukio, no he parado de preocuparme por ti, por eso no volví a verte porque creí que eso solo te hacía más daño. Perdóname a mi por haberte dejado solo cuando me necesitabas. No lo volveré a hacer. -contestó con una amplia y dulce sonrisa que lo decía todo.

-Nobuo…
-No digas nada… -murmuró sellándole los labios con el dedo índice -Solo contéstame, ¿me das una segunda oportunidad? -El castaño afirmó con un ligero movimiento de cabeza mirándole fijamente como si estuviese hipnotizado.
-Gracias… -alcanzó a decir echándose para adelante abrazándole suavemente.
-Yukio, eres lo más importante que tengo en mi vida. Me alegro tanto de que ya no me odies.
-Yo nunca te dije que te odiara. Eso te lo inventaste tú. -río dulcemente sin deshacer el abrazo.
-Yukio, te quiero. -susurró al oído del castaño que se despegó para mirarle a los ojos a sabiendas de lo ruborizado que estaba.
-Y yo a ti. -contestó en el mismo tono casi imperceptible y dulce de voz que salía de entre sus labios.
Para luego solo juntarlos con los de Nobuo en un simple y avergonzado gesto. Con el que se daban una mutua segunda oportunidad.

miércoles, 7 de abril de 2010

Estupido san Valentín

Kumiko miraba aun lado y a otro de la calle con sus nerviosos ojos verdes. Examinaba a la gente que pasaba por delante suya como si quisiera hacer un escaneado de cada uno. Suspiró lo mas lenta y pesadamente que sus pulmones le permitían.

-Estúpido San Valentín, invento de comerciantes avariciosos. -masculló entre dientes
procurando que ninguna de las parejas que caminaban frente a ella la escucharan.

Clavó la mirada al otro la pared de la calle opuesta. Definitivamente odiaba aquella fiesta. Sin darse cuenta empezó a recordar como había llegado a esa problemática situación. Se imaginó a si misma mirando fijamente aquel par de par de papeletas decoradas por un dibujo de una patinadora. Ella no esperaba ganar, ni siquiera le interesaba hacerlo, pero gano ese tonto concurso de cartas de amor propuesto por el instituto. Estaba sentada calmadamente en su solitario pupitre cuando una voz chillona hizo que desviara la mirada de las entradas. Una chica rubia de aspecto infantilla acribillaba con cara acusadora.

-¡Ni se te ocurra invitar a Light-kun! Él es mío
-No pensaba hacerlo. -contestó Kumiko con tono de indiferencia.
“Estúpida Misa… ¿Que se creerá? Ni que Yagami fuera el ombligo del universo y todas debemos adorarle.” Pensó para si misma echándola una mirada heladora.
-Déjala que le invite si quiere, mujer. -siguió otra joven de cabello moreno bastante corto -Es la mejor opción. De todos modos no tenéis ninguna oportunidad.
“¡Bueno… la otra boba!” volvió a decir mentalmente “Como si no hubiera mas chicos interesantes en la faz de la Tierra. A veces me dan ganas de quemarlas a las dos a lo bonzo.”
-¡Ya, pero a mi me da celos! -chilló molestamente la rubia.
-¿Y a quien va a invitar si no?
“¡Esto ya pasa de castaño oscuro!” Y sin pararse a pensarlo Kumiko se levantó estrepitosamente y se dirigió a la mesa de un compañero de pelo negro tremendamente alborotado. Con un sonoro golpe plantó las entradas delante del joven bajo los atónitos ojos de toda la clase, salvo los negros del único que le importaba lo que pasaba.
-El día catorce a las cinco. Te espero en la entrada de la pista de hielo. -sentencio sin previo aviso.
-Seré puntual. -contestó sin despegar la mirada del libro que sujetaba con la punta de los dedos.

Suspiró de nuevo. Ya eran las cinco y diez pasadas… Seguro que no acudiría a la cita. ¿Por qué lo iba a hacer? Ella ni siquiera era interesante… Sintió como una mano se posaba en su hombro antes, de que le diera tiempo a girar la cabeza ya suponía de quien era.
-Hola. -saludo el chico con su animo característico.
-Ho… Hola Ryuzaki. -contestó procurando que no se notara el tartamudeo que salía de su voz. Le miro de arriba bajo, ni se había molestado en ponerse mono para salir con ella. No sabia de que se extrañaba lo raro era que lo hubiera echo.
“Pero hay que ver lo bien que le quedan los vaqueros.” pensó notando como ponía cara de tonta.
-¿Pasamos o esas entradas solo nos dejan llegar a la entrada?
-Pasamos… pasamos.

Entraron a un hall bastante amplio. Las paredes estaban decoradas con diversos pósters que anunciaban las distintas actividades que se realizaban y como no, la decoración rosada del día de los enamorados. Ambos se acercaron a el tablón donde se aclaraban los horarios.

-Parece que aun queda media hora para que abran. -inquirió Ryuzaki mirando fijamente el cartel.
-Valla, yo estaba convencida de que lo hacían a las cinco.
-Será que tendrán ensayos o algo por el estilo, como hoy es San Valentín… Si quieres esperamos en la cafetería hasta que abran.
-Vale. -contestó ella uniendo el dicho con el hecho.

En el café de la planta tras las escaleras no era demasiado amplia pero aun así se concentraban tiernas parejitas que esperaban que las puertas de la pista se abrieran para ellos. Kumiko calló en la cuenta de que así vistos, ella y Ryuzaki casi parecían una más, y eso la puso bastante nerviosa. Desde la mesa en la que, con algún que otro esfuerzo habían conseguido, se podía ver el arduo ensayo que mantenían un par de patinadores que se preparaban para alguna exhibición. Daban grandes y llamativas piruetas para aterrizar totalmente verticales sobre el blanco hielo.

-Como me gustaría patinar así… -dijo la chica mirando con cara de ilusión el espectáculo.
-¿Sabes patinar? -preguntó el Ryuzaki clavando sus ojos negros en Kumiko mientras se sentaba de cuclillas sobre la silla. Ella ya estaba acostumbrada a verle así sentado, por lo que no dijo nada al respecto.
-La verdad es que esta va ha ser la primera vez que lo haga. -contestó dándose un pequeño golpe en la cabeza.
-Seguro que hoy viene un montón de gente.
-Si las parejitas pesadas que se piensan que por ser hoy se van a querer más.
-¿No te gusta San Valentín?
-Ni un poquito. Tantos enamorados me suben demasiado el azúcar.
-Será que tienes envidia de que tu no tienes novio. -río el joven moreno divertido por la expresión de vergüenza de la chica.
-No es eso, pero me pone mala que las parejas te miren como si fueras un bicho raro por no estar tú enamorado. ¿Y a ti te gusta?
-No, porque tengo envidia. -confesó con total naturalidad -Mira vamos ha hacer una cosa…
-¿El qué?
-Vamos a fingir que tú y yo somos novios…
-¡¿Pero que dices?! -chilló la chica sintiendo que sus mejillas ardían por la sangre de más que había llegado.
-Como un juego, decimos que somos novios y así a ti no te miran raro y yo no tengo envidia. ¿No te parece buena idea?
-Sí… digo no… bueno tal vez…
-Pues entonces sí, no hay más que hablar. Vámonos antes de que abran, así tenemos mas tiempo sin demasiada gente. -concluyó levantándose de la silla. Ella hizo lo mismo para seguirle hasta la entrada todavía sorprendida por ese extraño juego.

Una vez ya en la blanca y helada pista de hielo Ryuzaki se movía ágilmente como si andará por el terreno más sencillo del mundo sin ni siquiera sacar las manos de los bolsillos. Mientras que la torpe Kumiko no era capaz de separarse se de la valla ni un centímetro. El joven la miró con una penetrante mirada, como pensando algo y girando el cuello cual búho.
-¿Usas un cuarenta? Menudo pie para ser tan bajita.
-¿No crees que un “¿Quieres que te ayude?” me vendría mejor? Se supone que somos novios.
-Vale… -se acercó cociéndola de la mano obligándola a soltarse de la barra.
-¡Espera, espera! ¡Qué me matooo! -exclamó cuando ya se había caído quedándose enganchada a el para evitar el golpe.
-Valla, te has tomado muy enserio lo de ser mi novia. Te dejo un segundo y ya te me has abrazado como un koala.
-Es que me caigo… -se volvió a quejar Kumiko.
-Venga yo te enseño. -dijo volviendo a separarse de ella.

La tarde se les paso en un abrir y cerrar de ojos, en cuanto quisieron darse cuenta una voz por megafonía anunciaba el cierre de las pistas hasta el día anterior. Ryuzaki había conseguido que Kumiko llegara a patinar más o menos decentemente, no sin antes llevarse una torcedura en la muñeca como recuerdo a casa. Antes de salir el chico pasó por la cafetería u pidió un par de chocolates calientes para él y la chica. Después de esto se sentó, como siempre en su habitual postura, a su lado en un banco de madera. Ya no llevaban los patines.

-Toma Kumi-chan. Debes de haberte enfriado con esa mini ropa que llevas.
-¿Kumi-chan?
-¿No te gusta que te llame así?
-Sí, llámame como quieras no me importa.
-Vale Chica koala.
-¡Eh!
-Acabas de decir que no te importa como te llamara…
-Pero una cosa es llamarme Kumi y otra “chica koala”. -se quedaron unos segundos en silencio, que tendría que hacer Kumiko, ¿y si se atrevía a decirle algo? -Ahora me siento muy rara andando normal, al quitarme los patines es como si hubiera encogido. -“¿¡Pero que tontería estoy diciendo?!
-¿Te duele mucho?
-Un poco… Pero nos lo hemos pasado muy bien.
-Sí, deberíamos volver ha hacerlo más a menudo.
-Tienes razón, esto de patinar es muy divertido.
-Yo no hablo de patinar.
-¿Entonces que dices?
-Que tendríamos que fingir que somos novios.

Kumiko volvió a notar que sus sienes transportaban mas sangre de la debida. Al darse cuenta Ryuzaki no pudo evitar esbozar una sonrisa. Lentamente se levantó poniéndose delante de la joven, tomó su pequeña mano vendada y posó en ella un suave y delicado beso como si fuera uno de esos caballeros de las películas de época. Kumiko se quedó sin reaccionar parecía haber muerto en el acto.
-Bueno, nos vemos mañana, koalita.
Dicho esto se empezó a alejar del banco para marcharse a su casa. Pero antes de perderse tras alguna esquina escucho como Kumiko se levantaba rápidamente y se acercaba al moreno.
-¿Te viene bien que empecemos mañana? -preguntó el chico desde su posición.
-¿Y porque no mejor ahora mismo? -contestó ella, arpándose bastante para chocar sus labios con los de Ryuzaki.

Estúpido San Valentín…

domingo, 28 de marzo de 2010

Lo que se hace con un muñeco roto.


Chiaki se giró sobre si mismo velozmente deseoso de que su mirada se cruzara de nuevo con la de Satoshi. Miró por la ventana y sonrió ampliamente al verle sentado como todas las mañanas enfrente de su portátil, intentando convertirse en una revolución en el mundo de los escritores. Se le veía tan afanoso en su trabajo incluso cuando solo se dedicaba a mirar la hoja en blanco sin saber que más escribir para conseguir mantener la intriga en su novela negra.
El joven de extraño color rubio casi verdoso abrió la ventana sentándose en el alfeizar, con todo el cuidado del mundo para no caerse. Satoshi le vio hacerlo desde el otro lado del cristal, como todas las mañanas desde que le conocía. Abrió la ventana para hablar con su vecino.

-¿Qué tal estás? Pareces bajo de inspiración hoy. -saludó Chiaki adelantándose a las palabras del joven moreno.
-Bien, pero tienes razón últimamente no se me ocurre nada decente que escribir. ¿Y tu como te encuentras? -contestó con un marcado tono de preocupación en su agradable voz.
-Mejor… ya no me duele tanto como ayer. -musitó acariciando su propio tobillo que parecía amoratado.
-Esto no puede seguir así, Chiaki un día te va ha matar.
-No exageres hombre. Tampoco es para tanto ya sabes que yo soy muy torpe, me lo merecía.
-¡No digas estupideces! ¿Cómo te lo vas a merecer?
-Soy tonto, me merecía que me castigara.
-¡Te tiró por las escaleras! ¡No ves que si no llegas a agarrarte a la barandilla te mata!
-Pero no me pasó nada… -murmuro cada vez más apenado.
-Sabes que puedes llorar… -hablo él mirando a otro lado.
-No, no puedo si lo hago seré todavía más tonto.
-No eres tonto.
-Si lo soy. Si no lo fuera no me ocurrirían cosas como esta. Si fuera una buen marido para Mashiro él no tendría que castigarme.

Haría seis meses que se conocían, cuando Satoshi se trasladó desde Shibuya a Tokio para trabajar de escritor. Entonces Chiaki parecía feliz, aunque él siempre sonreía, por lo que no sabía a ciencia cierta durante cuanto tiempo tuvo que soportar los maltratos de su marido Mashiro. Ellos siempre hablaban mientras trabajaba delante de su portatil y siempre conseguía hacerle olvidar el estrés. Chiaki era muy divertido y amable con el Satoshi, se había mal acostumbrado a sus mañaneras presencias… Tal vez demasiado. Sabia que él llevaba una carga gigantesca sobre sus delicados hombros, y aun así sonreía alegre como si nada de lo que fuera a pasar esa misma noche importara. Todo el mundo sabe que a los niños se les dice que por las noches llegan los monstruos y puede que no sea del todo mentira por lo menos a la casa de los Mayama siempre llegaba Mashiro. Los gritos de Chiaki se podían oír desde su habitación como si estuviera en la contigua, y él no sabía que hacer para que pararan, eso era lo que de verdad le mataba. Solo cerraba sus ojos verdes lo más fuerte que la piel de sus parpados le permitían deseando que al volver a abrirlos desaparecieran como si nunca hubieran existido. Pero era conciente que eso no servia de nada y que a la noche siguiente regresarían, para atormentarle recriminando su tremenda impotencia. Y aun así… sonreía… todas las noches antes de que él apagara la luz le regalaba una dulce mirada deseándole dulces sueños entre todas las lagrimas que se escapaban de sus ojos azules. Su corazón estaba partido por la mitad, uno de los fragmentos se alegraba de haberle conocido, de compartir los días con él, pero para el otro aquel cariño que sentía hacia su vecino no era más que una maldición y una tortura.

-Sabes una cosa… -hablo Chiaki sacándole así de sus pensamientos. -Yo quería ser científico. Pero cuando Mashiro se casó conmigo me obligo a que me olvidara del tema. De pequeño leí “El origen de las especies” de Darwin y me enamoré de la ciencia.
-Una pena a lo mejor ahora serias un importante investigador.
-Si… y mira lo que tengo que aguantar, creo que hubiera preferido nacer mujer. Así nadie podría negarme que esto es maltrato.
-Te entiendo… no es justo que nadie haga nada por evitarlo.

La noche cayó sobre las calles de Tokio. Mashiro abrió la puerta de la casa donde vivía junto a Chiaki. Parecía molesto con este, más que de costumbre. Al pasar por su lado lo miró con la mirada más despectiva que podía dedicarle. El rubito se dio cuenta y decidió guardar silencio como solía hacer cuando estaba con él.

-¡Chiaki! -apeló bruscamente al joven.
-Di… dime Mashiro. -contestó el aludido con un asustado hilo de voz.
-¿Sabes que me han dicho los vecinos que te dedicas a hacer todas las mañanas en cuanto salgo por esa puerta?
-¿El… el que? Yo hago todo lo que me dices…
-¡No me mientas Chiaki! ¡¿Es verdad que te dedicas a coquetear con el vecino todas las mañanas?!
-¡No… no es verdad! ¡Yo no coqueteo con él!
-¡Valla que si te ves con ese!
-¡Solo somos amigos!
-¡Mentira! -gritó con todas sus fuerzas. Agarró el pelo rubio de Chiaki y le empujó contra la pared aplastándole contra ella. -Ya sabia yo que tu no eras mas que un perro estupido.
-De verdad Mashiro, te juro que no hay nada entre Satoshi y yo.
-Así que el otro perro se llama Satoshi.

Los gritos ya podían empezar a oírse desde el cuarto del aludido. Odiaba a ese hombre con todas sus fuerzas, tanto que más de una vez había deseado mandarle al otro mundo de un balazo en la sien. Aquello no podía continuar quería que hacer algo por Chiaki, es más tenía que hacerlo, si no ninguno de los dos aguantaría mucho más sin enloquecer.

***
El sonido de unos golpes en la puerta despertaron a Chiaki de su corto sueño. Todavía tenía las lagrimas secas pegadas a lo largo de su rostro. Se vistió lo más rápido que pudo para atender a la visita. Ya era tarde, apenas había dormido un par de horas pues estuvo toda la noche sin parar de llorar. Mashiro ya se había marchado.

Al abrir la puerta se encontró con los decididos ojos verdes de Satoshi. Este le miró durante un segundo para luego estrecharle entre sus brazos lo más fuerte que pudo, sin ni siquiera dejarle reaccionar a su llegada.

-Ya está… ya está… todo va a ir bien… -susurraba mientras acariciaba sus alborotados cabellos dorados.

Chiaki de repente se sintió bien, tan bien que no recordaba cuando fue la última vez que se sintió así de seguro. Sin darse cuenta de lo que hacía devolvió el abrazo ni siquiera pensando en lo que le pasaría si alguien les viera. El joven volvió a empezar a llorar aliviado de que él estuviera allí. Lloró un minuto… tres… cinco… diez… talvez hasta quince… lloró hasta que sus ojos no fueron capaces de fabricar más lagrimas.

-¿Estás ya mejor? -murmuró Satoshi en un susurro.
-Sí ya estoy mejor… muchas gracias. Pero tienes que irte si alguien nos ve no se que te podría hacer Mashiro.
-Mashiro no nos va a hacer nada… Ni a ti ni a mí, nunca más te hará daño. -consoló el escritor en tono tranquilizador.
-¿Como puedes estar tan seguro?
-Porque tu vienes conmigo a un lugar lejos de él. Te llevaré a Osaka ahí vive mi prima, ella nos puede ayudar.
-¿Pero de que hablas, como me voy a ir a Osaka? ¿Estás loco? ¿Y mis cosas? ¿Cómo me voy a marchar así como así? Puede que a ti todo te resulte muy fácil pero… pero… -a medida que hablaba sentía más ganas de recaer en sus lagrimas al darse cuenta de que en esa ciudad no le quedaba nada que le retuviera. -Vámonos… por favor.
-Hoy pasaremos la noche en un hotel mañana vendrá a buscarnos. Todo nos va ha salir bien te lo prometo. Mi muñequito roto. -concluyó volviéndole a abrazar.

Unas horas después, ya habiendo anochecido, caminaban por un viejo parque donde ni un alma parecía pasear por sus angostos caminos. Ya se instalaron en un hotel y simplemente paseaban para calmarse. Todavía no habían dejado Tokio pero creían ya estar lo suficientemente alejados por lo que difícilmente les encontrarían. Chiaki solo había cogido algunas prendas para poder cambiarse, no podía negar que abandonar así todas sus pertenencias le dolía. Satoshi había echo lo mismo y además rescató su querido portatil.

-¿Qué hará ahora Mashiro? Ya debe de haber visto que no estoy. -murmuró sentándose en un antiguo y de aspecto oxidado banco de hierro.
-No te preocupes, es imposible que sepa donde estamos, yo no le he dicho nada a nadie salvo a mi prima donde estábamos, y ella está en Osaka. -tranquilizó sentándose a su lado.
-Estas loco… -musitó con una sonrisa.
-Lo sé, todo el mundo suele decírmelo.
-¿Por qué haces esto?
-Si te digo la verdad, no lo sé. Puede que solo sea egoísmo. No aguantaba oírte pasarlo tan mal. ¿Por qué te casaste con ese hombre tan horrible?
-Por conveniencia, la que tendría que haberse casado con él era mi hermana mayor pero como ella murió lo hice yo. Esto suena muy raro, pero es así creo que a él con quedarse con el negocio de mi familia todo le valía. Me engaño. Y yo que era un crio tonto al que nadie quiere porque es feo y torpe me lo creí.
-Tu no eres feo ni torpe sino no serias capaz de sentarte en el alfeizar sin caerte.
-Ya… pero es solo dices tu que me ves con buenos ojos.
-¿Y tus padres?
-Murieron poco después de que me casara. Estoy totalmente solo como ves.
-Ya no, te he dicho que te vienes conmigo.
-Muchas gracias, eres el único que se ha preocupado por mi. Sabes… creo que Mashiro tenía un poco de razón.
-¡¿Cómo que tenia razón?!
-Si porque él decía que me había enamorado de ti y creo que es verdad. -Ambos guardaron unos segundos de silencio sin saber que decir. Sus miradas se cruzaron clavándose la una en la otra como si el tiempo se hubiera detenido en ese mismo momento.
-Te quiero… te quiero muchísimo. -susurró Satoshi casi imperceptiblemente. Ambos empezaron acercar sus labios al mismo tiempo que cerraban sus ojos como si quisieran abstraerse del mundo real perdiéndose en la acompasada respiración del otro.

Acabaron de juntarlos para fundirse en un único beso, dulce y largo casi sin respirar, no querían separarse por miedo a no ser capaces de reaccionar cuando todo terminara. De los ojos del joven Chiaki empezaron a brotar unos suaves ríos de lagrimas, talvez por miedo aun a lo que iba a pasar si su marido sabía lo que hacia en esos momentos. Y talvez por mentar al diablo o simple casualidad los famosos chillidos de Mashiro salieron de entre la profunda y silenciosa oscuridad del parque.

-¡Chiaki! -exclamó acercándose amenazante a la pareja. -Maldito hijo de…
-¡Déjale! -grito el moreno poniéndose como barrera para el chico.
-Déjalo tu, por si no lo sabes es mío. -dijo agarrándolo del pelo, moviéndolo como si se tratara de un juguete. él no parecía atreverse a decir nada y solo se quejaba.
-¡No, es tuyo! ¡No es un muñeco y tu no tienes derecho a dañarle!
-Si lo es, es un muñeca feo y roto que no sirve para nada, y eso es lo que se hace con un muñeco roto.
-Por favor Satoshi… -susurró Chiaki entre lágrimas. -déjalo estar, no pasa nada.
-Así me gusta querido, ahora vámonos. -contestó él haciendo un ademán de irse con su pareja.

El moreno cada vez se sentía más furioso y mal en todos los sentidos. Tanto que le parecía que se iba a deshacer en gotas de agua que pretendían salirse de sus ojos. Tanto que sus impulsos eran más fue él. Apretó sus manos fuertemente, si hubiese tenido las uñas un poco más largas se habría echo sangre. Corrió un par de pasos para golpearle con todas sus fuerzas, necesitaba hacerlo. Pero justo antes de hacerlo Mashiro sacó una pistola de acero plateado apuntando al moreno, advirtiéndole así que no se acercara ni un centímetro.

-Da un paso más y te vuelo la tapadera de los sesos, mono.
-¡Por favor Mashiro, no le hagas daño! ¡Te lo suplico! -pidió el joven ya no pudiendo aguantar más esa escena. Apartándole mano de su marido para que no apuntara donde deseaba.
-Tu a callar, sino quieres que también te mate a ti.
-¡Pues mátame a mi! ¡Tú ya has conseguido de mi lo que querías, ya tienes el negocio de mi familia, yo ya te doy lo mismo! Pero no le hagas daño a él.
-¡Chiaki, no le digas eso que es capaz de matarte de verdad! -chilló él intentando que se callara.
-¡Ya lo se! -afirmó Chiaki con la cara completamente mojada por el miedo. -¿Cómo no lo voy a saber, si siempre me maltrata, si tengo el cuerpo lleno de moratones, si todas las noches dudo si realmente estoy vivo o si he muerto y esto es el infierno? Ya me lo ha arrebatado todo, si me quita el único consuelo que me queda en el mundo me moriré de todos modos. Prefiero que me mate ahora antes que ver como lo hace contigo.
-¡Bravo! -exclamó el castaño en tono irónico queriendo burlarse de él. -Muy bonito Chiaki-chan. Pues si eso es lo que quieres. Tus deseos son ordenes.

Pegó un empujón al chico tirándola al suelo. Todo fue muy rápido. Un gesto, un sonido, sangre, gritos, miedo, y finalmente oscuridad, casi ni tiempo al dolor. A Chiaki solo le dio los justos segundos para desear que la teoría del espacio tiempo no fuera cierta y no le tocara volver a vivir esa misma vida de nuevo y decirle adiós a la única persona que echaría de menos si su deseo se cumplía.

Ni un segundo había pasado, o eso le había parecido, cuando oyó una voz que lo llamaba, con un tono que mezclaba la alegría y la amargura en una extraña proporción. A lo mejor era su hermana que la buscaba. La voz se hizo un poco más clara haciendo que descartara la idea, ya que era masculina. Se vio con las suficientes fuerzas como para abrir los ojos. Lentamente lo fue haciendo las retinas parecieron escocerle hasta que se acostumbraron a la luz. Por un segundo solo vio manchas de color carbón y verde esmeralda.

-Chiaki… -susurraron aquellos puntos de colores que poco a poco fueron tomando forma.
-¿Dónde estoy? -murmuró en un hilo de voz, cerrando fuertemente de nuevo los ojos para que el escozor desapareciera antes.
-Estás bien, estás en un hospital. -contestó el joven escritor sin atinar demasiado con las palabras que quería decirle, solo le abrazo lo más fuerte que pudo queriendo evitar que se alejara de él de nuevo.
-¿Estoy… estoy vivo? -preguntó devolviéndole el abrazo sin acabar de estar seguro.
-Sí, es un milagro, no te imaginas el miedo que he pasado. Llevas tres días sin despertar. Los médicos dicen que a lo mejor te queda una cicatriz, pero estás bien.
-Estoy acostumbrado a las cicatrices, una más no me traumatizará he tenido suerte. ¿Y Mashiro? -volvió a cuestionar mientras ambos se incorporaban.
-No te volverá a molestar, ahora si te lo puedo asegurar. Chiaki prefirió no preguntar cómo estaba tan seguro, era mejor quedarse con la duda y seguir viéndole como a un héroe. -Has sido muy valiente, Chiaki, más que muchos otros.
-¿Ahora me llevarás a Osaka? -sonrío alegre de estar con él los dos vivos.
-Solo si tu quieres. -contestó dulcemente.
-Dime ¿Qué haces tú con las muñecos rotos y feas que no sirven para nada?
-No lo sé, nunca he tenido uno, y por supuesto, tú estarás roto pero para nada eres feo, ni sirves para nada. Y a las muñecos rotos hay que arreglarlos, no romperlas más como hacen otros.
-Me parece bien… ¿Sabes una cosa? -murmuró apoyando la frente en su hombro abrazándole del talle. -Te quiero Satoshi. Tengo mucha suerte de haberte conocido.-Satoshi no contestó, solo hizo un gesto, estando seguro de que lo había entendido.

sábado, 16 de enero de 2010

Historia bajo un árbol


Seishi Sato, a sus siete años de edad no había tenido aun ni un solo amigo, sería por su aspecto enfermizo, por lo tímido que resultaba delante de los demás niños de su clase o por cualquier otra causa que el niño desconocía. Nunca había tenido amigos y nunca había creído necesitarlos realmente, su familia era muy numerosa y no tenia tiempo para sentirse solo. Siempre solía ir al parque a jugar con sus hermanas: Miyu una niña de doce años realmente bonita y simpática, Yaone con tan solo una decena ya era toda una mandamás y las pequeñas gemelas, Makoto y Miyako, que tenían tres años menos que él. Todos los hermanos de la familia Sato eran muy parecidos físicamente, su pelo era lacio y moreno, típico en los japoneses y sus ojos azul oscuro, salvo los de la mayor que eran pardos.

Siempre llegaban los cinco sobre las cuatro de la tarde. Todos juntos se entretenían durante horas con juegos simples del estilo de papás y mamás. Normalmente se encontraban con Madoka, a la que un tiempo después se la llamaría Merisa, una niña un año mayor que Seishi con muy mal humor, que se unía a sus historias imaginarias. Ella era la única a la que, tal vez, podía considerar amiga y aún le ponía algo nervioso. Sí, él no necesitaba más que eso para estar contento…

El día que le conoció realmente el cielo era de un gris oscuro casi completamente negro y amenazaba con descargar sobre la gente que estaba fuera de sus refugios todo el agua que cargaban. Seishi no lograría recordar ahora porque fue, pero él y sus hermanas habían discutido. Tan fuerte e infantil fue la pelea que el niño se había negado a jugar con ellas, quizás por que eran unas dictadoras a las que tenia que seguir la corriente a todas horas. Solo recuerda que se había ido lo mas lejos posible de ellas, lo suficiente como para que no le encontraran si se les ocurría pedirle perdón.

Se tumbo sobre la hierba, no sin antes asegurarse de no haber aplastado nada raro, estaba tremendamente aburrido. Levantó la cabeza seguida del cuerpo para observar si a su alrededor había algo de mayor interés que las oscuras nubes. No muy lejos, en un campo improvisado por ellos mismos jugaban algunos de sus compañeros de clase.
“Si les pido que me dejen jugar, ¿se enfadaran?” Pensó para si mismo aun a sabiendas que su capacidad física era alo nula.

-¡Seishi! ¿Quieres jugar? -exclamó el siempre alegre y espontáneo Hatori saludándole con la mano como si le hubiera podido leer el pensamiento del moreno.
-Va…
-¿Con Sato? Pero si se le da fatal. -cortó otro compañero cuyo nombre no puede se puede acordar.
-Eso ya sabes que el equipo que va con Seishi siempre pierde. -continuó otro niño al que ni siquiera conocía.
El pequeño moreno empezó a notar como sus sienes llevaban cada vez mayor cantidad de sangre haciendo que un intenso color rojo tiñera su cara de rabia. Pese a lo delicado que parecía a primera vista, Seishi tenia más carácter del que daba a entender y su orgullo no soportaba ser herido y menos por alguien con quien no había hablado nunca.

-Pues tampoco quería jugar, que lo sepas. -dijo en tono enfadado.
-Claro, seguro que tienes miedo de hacerte daño, gallinita.
-¡Yo no soy ningún cobarde!
-Demuéstranoslo. -propuso el que antes había hablado.
-Dejadle en paz. -murmuró Hatori con un tono algo achatado.
-Tu a callar, Hatori. -riñó otro niño uniéndose al grupillo.
-Pues… me voy. -amenazó él sin demasiada confianza.
-Lárgate si te da la gana, con un cobarde tenemos de sobra.
El pequeño niño de fracciones occidentales se alejo de sus otros compañeros de juego algo apresurado. Mientras esto sucedía los demás niños empezaron a acercarse a Seishi con cierto gesto de burla, lo que enfadó más todavía al morenito.
-Venga Sato, demuéstranos que no eres un gallinita.
-¿Cómo queréis que lo haga? -repuso inflando su ego todo lo que pudo.
Los matoncillos quedaron en silencio durante un segundo pensando una prueba digna de valentía para un niño de esa corta edad.

-¿Por qué no hacemos que se suba a un árbol? -propuso uno de tantos del grupo dando muestra de su corta originalidad. Todos torcieron la mirada hacia él dando su infantil aprobación.
-Buena idea. Vamos Sato ¿a que no te atreves?
-Claro que me atrevo, ¿qué os habéis creído? -continuo el aludido aun sabiendo que realmente si tenia miedo de la altura a la que tendría que enfrentarse.

Los niños se dirigieron a un pequeño rincón algo escondido donde ningún responsable adulto pudiera verles. El árbol de la prueba de valor no era demasiado grande pero para un niño de siete años como los que tenia Seishi en ese momento parecía el pico más alto del mundo. El pequeño moreno intentó, con bastante dificultad subir a las ramas de la planta. Aunque iba con el mayor cuidado que podía tener su pequeño cuerpecito no pudo aguantar su propio peso por lo que calló estrepitosamente ante la atenta mirada de sus compañeros. En el trayecto de la caída le pareció ver su vida pasar como diapositivas por delante de sus fuertemente cerrados ojos azules, y solo era capaz de escuchar las maliciosas risas de los otros niños. El aterrizaje fue menos aparatoso de lo que había imaginado, por lo menos seguía con vida, aunque muy dolorido. Su delgadita pierna había impactado en el suelo provocando un sonoro “crack” que solo él dueño de la pierna oyó. Cuando se notó a salvo abrió los ojos y lo único que pudo ver fue las espaldas de los niños alejándose del lugar.

-¡Eh, no os valláis! -exclamó desde su posición intentando seguirles inútilmente ya que su pierna parecía no querer hacer lo mismo -No… no os valláis… por favor.

Una gotita de agua rodó por la pálida mejilla del niño al verse solo y tan lejos de sus hermanas. Maldito orgullo, si no le diera tanta importancia a lo que los otros pensaban no le hubiera pasado eso. Otra gota recorrió de nuevo el rostro de Seishi, pero esta vez fue una proveniente del cielo. Pronto todas las compañeras de esta saltaron de las nubes en caída libre chocando con todo lo que se interponía en su camino. El frío empezaba a colarse en los delicados huesecillos del morenito casi helándolos. Ya no solo el dolor de la pierna sino el miedo a resfriarse empezó a apoderarse de el con bastante nerviosismo.
Derepente dejó de notar como la lluvia caía sobre él de un modo casi jocoso. Levantó sus húmedos ojos para ver la causa de que no se estuviera empapando más de lo que ya lo estaba.
-Hola. -saludó un niño de su misma edad con una enorme sonrisa. Este le estaba tapando con su paraguas rojo.
-Ho… hola… Meiji -contestó casi en un sollozo mientras el nuevo niño se sentaba a su lado pegándose mucho al moreno para que este no se mojara.

Minato Meiji era un compañero de clase. Siempre se le veía alegre y extrovertido aunque Seishi no sabia realmente de quien era amigo, se solía relacionar con todo el mundo, no como él. Su pelo era de color cobrizo como el metal cuando se oxida, los ojos los tenia pardos como la mayoría de personas y unas adorables pequitas adornaban sus mejillas. Solía ser muy amable y atento, incluido con él, cosa que la mayoría de niños no eran.

-Me han contado lo que te ha pasado, esos niños son muy malos. -explicó poniendo una cara muy rara para que su compañero herido se riera. -¿Te duele mucho?
-Si un poco… pero me preocupa más ponerme enfermo.
-¿Por qué, si estas enfermo no tienes que ir a clase y te puedes quedar durmiendo en tu casa?
-No yo no… si enfermo me volverán a llevar al hospital.
-¡Oh! Vaya, no lo sabia. Lo siento.
-No pasa nada.
-¿Por eso faltaste tanto a clase hace unos meses?
Seishi no contestó a la pregunta formulada por su compañero de clase. Este último solo le sonrío más ampliamente si cabía.
-Perdona, siempre me pasa igual. Me tomo demasiadas confianzas. ¿Te he molestado?
-No… no, eso es bueno… quiere decir que eres muy amable con todos. Tienes muchos amigos.
-En realidad no, ni siquiera me caen bien, lo que pasa es que no me gusta estar solo. -se quedó unos segundos en silencio -Oye tu pareces majo, ¿podemos ser amigos? -preguntó lleno de una increíble inocencia.
-Cla… claro. -contestó el otro niño, bastante colorado como si acabaran de hacerle una proposición de matrimonio.
-Bien pues tendrás que dejar de llamar me Meiji, ahora soy Minato. ¿Vale Seishi’
-Si, Meiji.
-¿Pero que te acabo de decir? Minato.
-Va… vale… Minato.

Estuvieron un buen rato esperando sentados hablando de diversas cosas. Si querían ser auténticos amigos tendrían que conocerse bien, o eso decía Minato. Hasta que al fin llegaron los padres de Seishi, claramente asustados por que su hijo no había llegado junto a sus hermanas.
***
-¿En que piensas? -susurra Minato a Seishi casi al oído como si fuera un secreto.

Seishi tras un buen rato absorto en esos recuerdos logra escapar de ellos para volver al mundo real. Hoy, casi diez años después, de nuevo llueve, como tantas otras veces en Negima. Y otra vez Minato tiene que volver a taparle con su paraguas rojo, solo la una diferencia hay de cómo lo hacia cuando eran pequeños. Aquella ya era una costumbre de los días lluviosos.
-En nada importante. -contesta algo sonrojado usando el mismo tono de voz -Solo en cierta historia que ocurrió bajo un árbol.

domingo, 3 de enero de 2010

Simplemente invierno (original)



Nao odiaba el invierno, tal vez porque los días eran de un color plomizo y eso le deprimía. Era tercero de el mes más frío del año y poco de diferente iba a tener. El invierno era tan simple y gris. Él apenas tenia amigos, no es que fuera poco sociable pero parecía que la gente le tuviera miedo. "Quizás debería intentar ser más agradable." solía pensar para si mismo.
Eran aproximadamente las cinco de la tarde y cada rincón de la calle permanecía totalmente cubierta por un manto blanco que había caído la noche anterior. A la vez que las luces navideñas ya empezaban a decorar la parte superior de ella. Caminaba lentamente absorbiendo un batido de vainilla que a causa del frío apunto estaba de congelarse. Su destino era un parque del barrio de Negima conocido como Hyde Park. Cerca de la entrada de este se encontraba un chico jugando alegremente con un cachorro del mismo color que la nieve. El animalillo corrió a encontrarse con Nao, o más bien a ládrale como si estuviera muy resentido con este.
-Vaya bienvenida me das, Len. -dijo refiriéndose al pequeño perro.
-Sí, hoy tiene el día un poco torcido. -siguió el dueño del can -Se ha portado muy mal, estaba yo haciendo un muñeco de nieve y le ha dado un repentón y lo ha roto. Como si estuviera poseído. ¡Con lo que me había costado hacerlo!
-Es la primera vez que ve la nieve, se habrá emocionado. Además ¿que edad tienes tu como para andar haciendo muñecos de nieve, Nono?
-¡No me llames así que ya sabes que no me gusta! -se quejó -Borde. Si no hubieras tardado yo no me tendría que haberme entretenido haciendo un muñeco de nieve. Y por cierto esas cosas no tienen edad yo puedo hacerlas cuando quiera.
-Lo que tu digas. Haz el favor de ponerte por lo menos unos guantes. Pero claro se te habrán vuelto a olvidar.
-¡No los necesito! -replicó el pequeño rubio en tono orgulloso si querer admitir que efectivamente no recordó cogerlos.
-¡Se te van a helar las manos, cabezón! -gruñó cogiéndole de la muñeca para vestirla con sus guantes de cuero. -Mira las tienes rojas, te acabaran saliendo heridas.
-Puedo aguantar un par de rasguños. -reclamó esta vez ya más calmado.
-Si te dan miedo las inyecciones.
-¡No... no es lo mismo! -le gritó más colorado que sus propias manos.
-Si seguro, tienes toda la razón Nono.
-¡Que no me llames Nono! Ya no tengo diez años como para eso.
-Pues a veces lo parece, señorito Nozomu. -recrimino con tono jocoso.
-Eres un borde. Tu eres el primero al que no le gusta que le llamen por su apodo, pues yo odio ese diminutivo. -quedo un par de segundos en silencio mirando a ambos lados. -Hablando de bordes... ¿donde se ha metido la otra?
-¿Amai? Dice que no se encuentra bien, aunque no me lo creo demasiado.
-Creo que la ha tocado la etapa depresiva. Ya sabes lo poco que le gusta salir de su cuarto y más en invierno. Es una vaga se lo habrá inventado para quedarse el resto de la tarde jugando a la videoconsola.
Si valla par de amigos que tenia. Pensó mientras comenzaban a caminar al interior del parque que estaba apaciblemente cubierto por la impoluta nieve. Ente la una que no quería estar con él el día de su cumpleaños y el otro que ni siquiera se acordaba. Claro que eso era muy normal en él, siempre parecía estar en su mundo de chucherías y nubes de azúcar. Le conocía desde que iba al psiquiátrico y siempre se había preguntado como lo conseguía para parecer tan tremendamente alegre. El era todo lo contrario a Nozomu pese a lo alocado e infantil que era no le costaba nada relacionarse con alguien nuevo y ante los desconocidos se solía mostrar muy confiado. En seguida se le cogía cariño. Puede que por eso le gustaba.
Un fuerte y frío golpe en la cara le despertó de sus pensamientos.
-¡¿Estas loco?! -gruñía llevándose la mano a la mejilla en la que había impactado la bola de nieve que ella le había lanzado.
-Ya deberías saber que si. -rió sonoramente desde un montículo desde el que le miraba, mientras que el pequeño animal seguía ladrándole. -Tengo que aprovechar que ahora estas desprotegido.
-Y para colmo tu chucho me odia. Sois dos contra uno.
-No te odia, solo me defiende de los peligros y que quieres que te diga tu tienes toda la pinta de ser peligroso. -bromeo intentando bajar con minucioso cuidado de no caer.
-Te estoy viendo de bruces en el suelo.
-Pero que poca fe me tienes. -pero justo un segundo después de estas palabras se torció dolorosamente el tobillo precipitándose a los pies de la pequeña colina.
-Mira que te lo he advertido. -dijo con voz paciente acercándose al chico que permanecía sentada en la nieve. -Déjame ver.
-Me duele. -se lamentó mientras le examinaba el pie.
-Ya se que te duele. Se te podría inflamar. Anda, te llevare a tu casa. -suspiro lenta y pesadamente a la par que se giraba indicándole que le llevaría a caballito.
-Esto es penoso... -murmuro mientras hacia lo que la pedía.
-Si quieres te dejo aquí. -amenazó empezando a caminar.
-No, prefiero pasar unos minutos de vergüenza a congelarme. ¿Peso mucho?
-Si.
-¡Eso no se le dice a alguien tan sensible como yo! Deberías comportarte como un caballero y decir que estoy en mi línea ideal.
-Uno, no soy ningún caballero. Y dos, si sabes que eres un palo de escoba ¿para que preguntas? Lo que tendrías es que hacer es engordar. Si eres bajito y encima delgaducho... Y tres ni que fueras una chica para decir esas cosas, das grimilla.
Anduvieron un par de minutos hablando de unas cuantas cosas sin ninguna importancia real. Cualquier tema podía resultar entretenido. Al llegar a la que en este caso era la salida del parque. El cielo empezaba ya ha oscurecerse, aunque la gruesa capa de nieves color acero no dejaban comprobarlo pero solo había que conocer la época del año para hacerse una idea.
-¿Le pongo la cadena a Len? -preguntó al ver que ya abandonaban el parque para adentrarse en la grisácea ciudad de Negima.
-No hace falta, Lenteja puede ir sin correa es muy buen chico.
-Si con todos menos conmigo.
-Eres muy egocéntrico ¿Por que va a ser malo solamente contigo?
-No lo se, pero lo parece. Es como si me guardara rencor por algo.
-A lo mejor tiene celos.
-¿Celos de qué? Es un perro.
-Pero es un perro superdotado. Si sabe consolarme cuando estoy triste ¿por qué no iba a coger pelusa de la persona que me gusta? -dijo sin darse cuenta de lo que decía.
Se hizo un profundo silencio que casi se podía palpar. Nao abrió descomunalmente sus ojos negros esperando a que Nozomu digiera que era una broma de las suyas. Y Nozomu se llevó ambas manos a la boca como intentando borrar lo que había dicho esperando que Nao no lo hubiera escuchado. Cosa que sabia que era imposible ya que el pequeño rubio solía hablar un registro bastante elevado. Y por otro lado el cachorro seguía correteando ajeno a todo.
-Esto... -empezó el herido intentando romper el hielo cambiando de tema. -¿Como vas con tu nuevo cuadro?
-¿Que?... Ah, el cuadro para le exposición, bien algo, estancado.
-Si quieres te puedo ayudar.
-No te ofendas, pero dibujas como un niño de tres años y no creo que sea lo más adecuado para una exposición contra la discriminación.
De vuelta al incomodo silencio. A aquel tremendamente insoportable silencio que se clavaba hondamente en sus cerebros.
-No... Nozomu. -dijo en un tono bastante imperceptible tras el cual no hubo respuesta. -Nozomu... -repitió esta vez lo suficientemente alto como para que lo oyera, pero él seguía sin responderle. -¡Nozomu! -exclamó otra vez intentando que reaccionara. Pero lo único que salio de detrás suyo fue un extraño sonido incompresible, casi como una especie de ronroneo. -¡No me digas que te has quedado dormido! -sin respuesta de nuevo. -¿¡Será posible!?
Siguió andando cargando con el chico hundido en lo más profundo del mundo de los sueños mientra Len caminaba a su lado extrañamente calmado. Se paro enfrente de un tramo de unas cinco escaleras que conducían a una puerta de un viejo y pequeño piso. El chico volvió a llamarle a la par que la movió lentamente para que despertara. Él abrió muy despacio los ojos para inmediatamente volver a cerrarlos, soltando un suave y lastimero gruñido con el que daba a entender que no estaba por la labor de despertar. Llevándose las manos a los parpados y restregándolos como si pretendiera que ellos solos se mantuvieran abiertos.
-Me he quedado traspuesto. -anuncio con una voz que denotaba que seguía adormilado. -¿Que quieres?
-No se. -contesto con un claro tono sarcástico. -Tal vez que abras la puerta de tu casa. Manías que tengo.
-Toma las llaves. Es la más grande. -explico este rebuscando en uno de los bolsillos de su abrigo.
-Venga bájate ya. Que serás un peso pluma pero ya cansa.
-No quiero. -contesto poniendo cierta voz mimosa.
-Pues te suelto.
-No te atreverás.
-Si tengo que demostrártelo…
-No, no hace falta ya me bajo solito. -dijo uniendo el dicho con el hecho. -Espera aquí un momento.
El dueño entró en el interior del piso sospechosamente rápido. El cachorro la siguió obviamente contento de haber llegado por fin a casa. Nozomu apareció de nuevo con una pequeña y alargada cajita envuelta en papel de regalo de color rojo con motivos navideños.
-¡Feliz cumpleaños! -exclamo con una amplísima sonrisa.
-Creí que no te habías acordado. -explico tomando la caja.
-Como no me iba a acordar.
-No sé, cualquier cosa se puede esperar de un chico al que se le ocurre llamar a su perro "Lenteja" y hace muñecos de nieve.
En un rápido y tonto movimiento Nao choco sus labios con los de Nozomu, quedándose solo en eso, un rápido y tonto choque. Pues él empezó a notar como sus mejillas se volvían a colorearse y a una apresurada velocidad cerro la puerta dando un sonoro golpe. El castaño, que en cierto modo ya se esperaba una respuesta por el estilo solo sonrió ligeramente mientras se alejaba del lugar. No muchos minutos más tarde un sonido le indico que alguien le había enviado un mensaje de texto al móvil. Como ya imagino era del numero de Nozomu.
"Me he confundido de regalo, ese es el de Navidad" Podía leer en él.
Miró la cajita con cierta curiosidad. En el interior había colección de pequeños tubitos de tempera cada uno de un alegre color y una pequeña tarjeta amarilla echa con un trozo de cartulina en el que había escrito con enormes letras de colores: "Feliz Navidad".
El invierno tan simple y gris, no estaba tan mal.